Los 5 mejores emperadores romanos

Durante los cinco siglos en los que duró el Imperio romano, desfilaron emperadores de distinto perfil. Hoy queremos destacar a cinco que alcanzaron buena fama por diversas razones: por su grandeza militar, su consideración hacia las necesidades del imperio y del pueblo e incluso por su interés a las artes y a la filosofía.

César Augusto: el primer emperador romano (27 a.C.–14 d.C)

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Estatua de César Augusto

No podíamos omitir en esta lista de mejores emperadores romanos al primero y uno de los más grandes. En palabras del historiador alemán Klaus Bringmann “es la figura más potente y contradictoria de la historia romana”. Después del gobierno en el triunvirato junto a Lépido y Marco Antonio y la victoria contra este último, consiguió otorgarse todos los títulos para hacerse con el poder absoluto y reformar la estructura política, acabando así con la República e instaurando una nueva era.

Su objetivo fue alzar Roma a lo más alto mediante reformas institucionales y fiscales, pero también con obras públicas, mediante la construcción de templos y baños públicos, por ejemplo. Además, fue un gran apoyo para los intelectuales y artistas, gracias al círculo de Mecenas.

Sin embargo, no todas sus medidas merecen ser celebradas, como por ejemplo las férreas leyes contra el adulterio, que sufrieron su propia hija y nieta, condenadas al destierro. Aun así, logró instaurar un periodo de estabilidad y prosperidad en todos los aspectos, que ha pasado a la historia con el término de pax romana. Una prueba de la buena fama que adquirió en vida es la divinización que obtuvo por voluntad del pueblo, por la que el nombre de Augusto se convirtió en título para los siguientes emperadores.

«Encontré a Roma como una ciudad de ladrillos y la dejé de mármol.»

Últimas palabras oficiales de Augusto

Trajano: el mejor emperador según el Senado (98–117)

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Columna Trajana en Roma

Fue el primer emperador romano hispano, nacido en la provincia de Hispania Bética (la actual Andalucía). Su mayor legado fue la renovación de la ciudad de Roma mediante obras públicas, desde acueductos y baños públicos a monumentos que aún hoy podemos admirar, como el Foro o la Columna Trajana, en cuyos relieves se describe la victoriosa guerra de Dacia.

En su mandato, el imperio llegó a alcanzar la máxima extensión en toda la historia, llegando hasta Mesopotamia, pero sus méritos van más allá de sus conquistas militares. Se ganó la admiración tanto del Senado, por su respeto hacia la tradición, como del pueblo, por su consideración hacia los más necesitados.

Entre sus medidas se destaca la Ley de los Alimenta, con la que concedió a los campesinos préstamos a muy bajo interés y destinó las ganancias del estado a atender a los más pobres y a los huérfanos, a quienes se distribuyeron cereal y aceite. Esta iniciativa tenía el fin de contrarrestar el declive demográfico que estaba sufriendo el imperio. Todos estos factores hicieron de Trajano uno de los emperadores más queridos, hasta tal punto de que a partir de entonces el Senado recibió a los nuevos emperadores con la frase “Felicior Augusto Melior Traiano (“Que sea más afortunado que Augusto y mejor que Trajano”).

Antonino Pío: ejemplo de humildad y justicia (138-161)

El apodo de Pío supuestamente se debe a su esfuerzo por convencer al Senado de que concediese honores divinos a su predecesor Adriano. Se le recuerda como un emperador humilde, compasivo y justo: hizo liberar a muchos de los hombres encarcelados por Adriano. Además, es de destacar la legislación que protegía la integridad física de los esclavos, prohibiendo el maltrato o la muerte sin causa justificada. Tras la muerte de su mujer Faustina, instituyó las Puellae Faustinianae para proteger y ayudar a las niñas huérfanas, quienes habían sido discriminadas en las ayudas de alimentos de Trajano.

Muy importante fue también su interés hacia las artes y las ciencias, que se reflejó tanto en la construcción de teatros y mausoleos como en la concesión de honores y un sueldo a los filósofos y a los maestros de retórica. En general, su reinado vivió un periodo de paz y estabilidad, a excepción de algunas batallas en las fronteras para retener a los britanos, los germánicos, los dacios y otros pueblos del norte. Tras la victoria contra los britanos ordenó construir un muro al norte de Edimburgo, que marcaba la frontera noroccidental del Imperio. Sin embargo, nunca participó activamente en las campañas militares, su presencia en Roma fue constante en casi todo su mandato.

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Muro de Edimburgo

Marco Aurelio: el emperador filósofo (161–180)

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Busto de Marco Aurelio

Puede que sea el único emperador que encarne el “rey filósofo” que Platón describió en su República y es considerado el último de los Cinco Emperadores Buenos de Roma (después de Nerva, Trajano, Adriano y Antonino Pío). Su interés hacia la filosofía surgió desde muy joven y enseguida desarrolló una inclinación al pensamiento estoico que lo acompañaría durante toda su vida privada y pública.

Hizo acopio de sus ideales filosóficos y su fuerza moral para hacer frente a una de las épocas más difíciles del imperio, debido a numerosas guerras en las fronteras, revueltas internas y hasta una epidemia que dejó a todo el imperio en una grave crisis económica y demográfica. A nivel legislativo, impulsó varias reformas a favor de las mujeres, de los huérfanos y de los menores, quienes adquirieron más libertades frente al pater familias.

Sin embargo, el mayor legado que nos dejó Marco Aurelio es sin duda literario y filosófico. Se trata de las Meditaciones, un conjunto de doce libros escritos en griego en los que el emperador reflexiona sobre cuestiones filosóficas y éticas, haciéndose preguntas que siguen persiguiéndonos: ¿Cómo vivir una vida justa y correcta? ¿Cómo lidiar con el dolor y el estrés diario? Su visión se inscribe en la corriente estoica, según la cual todo lo que nos sucede es natural y, por tanto, la felicidad o el sufrimiento depende de la libertad humana de elegir cómo reaccionar ante los hechos. La máxima aspiración de un estoico es alcanzar un estado de apatía, el autocontrol de las propias emociones.

Constantino I el Grande: el primer emperador cristiano (306-337)

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Busto de Constantino I

Aunque quizás muchos no lo pongan en la lista de los mejores emperadores romanos, conocer la figura de este emperador es imprescindible para saber de dónde venimos, pues sentó las bases de la sociedad occidental cristiana y de la Edad Media. Ha pasado a la historia por ser el emperador que puso fin a las persecuciones contra los cristianos y reconoció la nueva religión con el Edicto de Milán (conocido también como Edicto de la Tolerancia).

El momento de revelación ocurrió justo antes de la batalla que lo consagró como único emperador del imperio occidental, por lo que el propio Constantino atribuyó su victoria al Dios cristiano. Seguramente su conversión tenga poco que ver con una fe sincera y más con un motivo político, es decir, mantenerse en el poder y buscar la unidad en un imperio que sufría cada vez más conflictos internos.

A partir de entonces, la Iglesia fue adquiriendo más privilegios y bienes materiales y se trasladó la capital a Constantinopla, puesto que Roma todavía era símbolo del paganismo. Su gobierno fue marcado por el autoritarismo y absolutismo, por lo que el Senado perdió gran parte de su poder y el ejército salió reforzado. 

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